Cary
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El violador y asesino que engañó a todos con su linda apariencia y carismática personalidad

Cary Stayner trabajaba en California, Estados Unidos cuando en 1999 violó y asesinó a tres mujeres. Su rostro tierno y su personalidad agradable confundió al FBI durante el un tiempo, hasta que repitió sus fechorías con una cuarta víctima.

Desde hace 18 años espera el fin de sus días en la prisión de máxima seguridad de San Quentín.

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Los agentes del FBI descartaron a Cary como sospechoso del triple crimen, que buscaban resolver. Sin darse cuenta, en los primeros interrogatorios, vieron a Stayner como un joven de buen aspecto, rubio, atlético, confiable, atractivo, trabajador y colaborador… La “discriminación” funcionó a la inversa y el personaje quedó descartado por su apariencia amable y bonachona.

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Foto del anuario escolar de Cary.

Infancia de Cary Stayner

Cary Anthony Stayner nació el 13 de agosto de 1961, en Merced, California, dentro de una familia totalmente disfuncional.

Delbert Stayner no fue lo que se dice un buen padre para sus cinco hijos. Había tenido que recurrir a terapia por haber molestado sexualmente a dos de sus hijas: Cynthia y Cory. Una violencia que heredaría Cary. Una de sus hermanas contaría, luego de los horribles crímenes, que su hermano también la había tocado inapropiadamente cuando ella tenía 10 años y una prima relató que él solía meterse debajo de la cama para espiarlas cuando se vestían y desvestían.

En 1991 intentó suicidarse, en 1995 fue admitido en una institución psiquiátrica y en 1997 fue detenido por posesión de marihuana y metanfetaminas. Ese mismo año empezó a trabajar en el hotel Cedar Lodge, del parque nacional Yosemite. En el mismo lugar donde, en 1999, se consumaría como asesino en serie. Una fantasía que, según él mismo confesó a la policía, tenía desde los 7 años.

Cary Stayner: El asesinato y sus víctimas 

La confesión de Cary Stayner y el trabajo de la policía con la colaboración del FBI permitieron reconstruir lo hechos en esa noche de espanto en el hotel.

A las once de la noche del lunes 15 de febrero de 1999, un hombre joven con buena pinta, de pelo corto y rubio, enfundado en un mameluco de trabajo tocó educadamente la puerta de la habitación 509. Se identificó como empleado del hotel, pidió disculpas por molestar y les aseguró que había un caño roto en el baño del piso de arriba. El trabajo era urgente. Pero le costó convencer a Carole de que necesitaba reparar la pérdida de agua en ese momento. Le explicó entonces que tendría que hacerla llamar desde la recepción. Ella finalmente accedió y le franqueó la puerta al temible hombre que deseaba convertirse en asesino.

Stayner había acechado a las ocupantes de la habitación 509. Las había espiado por la ventana: las chicas veían una película y Carole leía en su cama que se separaba de la que compartían las jóvenes con una mesita con un velador que estaba encendido.

Cuando Carole lo dejó pasar, primero pasó al baño donde estuvo unos minutos en silencio simulando trabajar. Juli y Silvina veían un video de Jerry Maguire, tiradas en la cama. Salió del baño con un arma en la mano y las engañó por segunda vez: les aseguró que sólo quería robarles.

Las ató. las amordazó y las separó. Llevó a las chicas al baño. Entonces estranguló a Carole con la soga que había llevado. En su cruda confesión tiempo después dijo que ahorcarla le llevó como cinco minutos y que estaba sorprendido por lo difícil que podía ser asfixiar a alguien. Además, afirmó fríamente que con ese crimen “no sentí nada”.

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Stayner sacó el cuerpo de Carole del cuarto en la oscuridad de la noche y lo arrastró hasta el baúl del Pontiac Grand Prix rojo alquilado. Volvió a la habitación y sacó a las adolescentes del baño. Llegó a Silvina que sollozaba al baño y cerró la puerta.

La hizo arrodillarse en la bañadera, la violó (según sus propias declaraciones tiempo después de haber confesado los crímenes) y la ahorcó. En la cama había quedado Juli atada. La violó y la obligó a practicarle sexo oral. Luego la llevó a una habitación contigua donde la dejó atada y con la televisión prendida. Mientras, ordenó y limpió la escena del crimen y trasladó el cuerpo de Silvina al baúl donde estaba el cadáver de Carole.

“Cuando llevé el cadáver de la chica al auto ahí sí sentí que, por primera vez en mi vida, yo tenía el control”, precisó Stayner a los investigadores.

Dejó unas toallas húmedas en el baño como si se hubiesen bañado, guardó las pertenencias de las víctimas en las valijas y las puso en el coche. Quería dar la sensación de que se habían marchado. Volvió a la habitación en la que estaba Juli, la envolvió con una manta y la llevó al auto. Juli conservó la calma, quería vivir. Le dijo llamarse Sarah. Stayner manejó sin rumbo por mucho tiempo. Con su calma Juli casi logra que Stayner desista, pero su perverso instinto criminal era más fuerte.

“No sabía a dónde iba o qué estaba haciendo. Simplemente manejaba y manejaba. Empecé a tener simpatía por la chica. Era una chica muy agradable y estaba muy calmada (…) No quería que sufriese como las otras, Pero sé que sufrió”, afirmó.

Cuando llegaron al lago Don Pedro, la hizo bajarse del auto. La violó, la peinó, le dijo que la amaba. Después le pidió que se acostara boca abajo sobre la manta. Sacó su cuchillo y le abrió el cuello sin piedad. Durante 20 segundos, mientras ella moría desangrada, miró para otro lado. Así lo relató el desalmado Stayner.

La búsqueda policial

El FBI Primero manejó la hipótesis de un accidente con el auto, pero cuando un joven halló la billetera de Carole en Modesto todas esas teorías se cayeron. Comenzaron a pensar en un rapto.

Cary Stayner fue uno de los primeros en ser interrogados. Vivía solo en un cuarto del hotel. Parecía franco y era un buen trabajador, un empleado colaborador que los ayudaba a recolectar las pruebas y les abría los dormitorios en la búsqueda de datos. Lo eliminaron enseguida de la lista de sospechosos.

Un mes después un llamado anónimo les dio una pista: les dijo dónde ubicar el Pontiac rojo reducido a chatarra. El domingo 21 de marzo lo encontraron a 90 kilómetros de allí. En el capó encontraron una frase escrita con una navaja: “Tenemos a Sarah”. Otra vez Cary Stayner intentaba distraerlos.

Dentro del baúl estaban los cuerpos de Carole y Silvina. Sus identidades fueron reconocidas por los registros dentales. Pero el cuerpo de Juli no estaba allí.

Seis días después la policía recibió una nota (Stayner se volvía más y más audaz) con un mapa que le revelaba dónde estaba el tercer cuerpo. Esa nota decía: “Tuvimos diversión con ésta”.

Encontraron a Juli Sund. Había sido violada y degollada. El FBI estaba desorientado. El terrible asesino los guiaba en su ceguera y ellos no podían identificarlo.

El paso en falso de Cary Stayner que logró su captura

Quizá no hubiesen aprehendido jamás a Stayner si no hubiese vuelto a asesinar. El verano de 1999, el 21 de julio, eligió una nueva víctima: la pelirroja Joie Ruth Armstrong, de 26 años, una naturalista que trabajaba con programas educacionales en Yosemite.

Él la acechó. Observó su cabaña desde la distancia. Explicó que “…parecía estar sola cada vez que entraba y salía al exterior”. Ella, en realidad, estaba armando su mochila para un viaje con amigos. Stayner entró, la sorprendió, la amenazó con un arma y la ató con cinta. Luego la subió a su auto azul. Mientras él manejaba ella quiso escapar, se lanzó valientemente por la ventana del coche y comenzó a correr. El paró, la alcanzó, la violó y la decapitó.

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Joie Armstrong fue reportada como desaparecida y la policía fue a su vivienda. Allí encontraron unos anteojos rotos, un sombrero y huellas de ruedas de neumáticos en el camino. Demasiada evidencia esta vez para salir impune. Stayner lo sabía, la pelea con Joie lo había descolocado.

Además, había un testigo que había visto su auto azul en el lugar el día del homicidio. Fueron a buscar al dueño del coche y lo encontraron en una colonia nudista, Laguna del sur, dos horas al norte de Yosemite.

Su confesión de dos horas al FBI fue enteramente grabada. Allí admitía los cuatro crímenes… No ahorró detalles.

Ese día de la confesión Cary Stayner relató: “(…) es irónico porque amo la vida tanto y estar con mis amigos maravillándome de la naturaleza… y al siguiente minuto es como que puedo matar a todo el mundo en la faz de la tierra (…) Eso me tortura, va y viene. Como un partido de tenis”.

En su confesión dijo: “Soy culpable (…) Yo maté a Carole Sund, Juli Sund, Silvina Pelosso y Joie Armstrong”. Para luego aclararle, cínicamente, a las familias de sus víctimas: “Lamento que ellas estuvieran dónde estuvieron. Desearía que me hubiera podido controlar a mí mismo y no hubiera hecho lo que hice”.

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